- ¡Es verdad! Lo siento Wen, a veces se me va la olla. Pero tía, eso ya pasó hace tiempo y por muchos cumpleaños que no celebres y estés triste, él no volverá. Vale, pero si te dice que no, yo la convenzo, sabes que soy una crack para eso. Ya sé que soy muy buena, pero es que, verás, tuve un pequeño percance, ayer te estuve llamando para contártelo, ¿dónde estabas metida?
- ¡Ya sé que no volverá! ¡No hace falta que me lo recuerdes!- le contesté malhumorada.
Cogí los libros, cerré la taquilla y me dirigí hacia mi clase.
- ¡Wendy espera! ¿Y lo que te quería contar, qué?
- Ya me lo contarás en otro momento, ahora tengo que ir a clase, que llego tarde. Nos vemos a segunda hora, adiós- Le dije con un tono casi insonoro.
Entré en el aula y como siempre, me siento en el sitio que está al lado de la ventana, no porque me guste mirar a la multitud o porque me encante apoyarme en la pared, sino simplemente porque me encanta observar como los pajarillos se posan y comen trocitos de pan, me tranquiliza mucho.
La profesora comenzó a mover los labios en señal de que estaba hablando, pero de su boca no salía ni una sola palabra, no oía nada, estaba tan perdida en mi pequeño mundo, que no volví al mundo real hasta que sentí una presencia en mi costado.
- ¡Ah! ¿Y tú quién eres? - le pregunté a aquella persona que estaba sentada a mi lado, que antes no estaba.
- No te asustes, no muerdo. Soy tu nuevo compañero de mesa.
Dios, hasta que no se me fue el susto, no me había dado cuenta de lo guapo que era ese chico. Mientras él esperaba una respuesta, yo no podía dejar de mirarlo asombrada. Tenía el pelo desaliñado con un color rubio soleado, unos ojos grandes y exóticos con los que resaltaba sus iris azules, y unos labios extremadamente bien perfilados y carnosos. Nunca había visto a un chico tan hermoso, quizá porque nunca me solía fijar en ningún chico, y tampoco quería, por lo que desvié mi mirada e hice caso omiso a su presencia.
- Y bien, ¿tú eres?- volvió a llamar mi atención.
- Tu compañera de mesa.
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